Evangelio, Lecturas y Reflexiones del Domingo 05 de Mayo

LA MANSEDUMBRE DE JESUS.B.MEGF.MARTES 06 ABRIL DE 2010.ESUS 14

 

LECTURAS DEL DOMINGO 5 DE MAYO DE 2013
DOMINGO SEXTO DE PASCUA
El Espíritu Santo, y nosotros mismos,
hemos decidido no imponerles ninguna carga más
que las indispensables
Lectura de los Hechos de los Apóstoles
15, 1-2. 22-29
Algunas personas venidas de Judea a Antioquía enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse. A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos, y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los Apóstoles y los presbíteros.
Entonces los Apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta:
«Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto, hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, los cuales han consagrado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje.
El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin de sangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós».
Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL                                        66, 2-3. 5-6. 8
R.    A Dios den gracias los pueblos,
alaben los pueblos a Dios.
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.
Que todos los pueblos te den gracias.
Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.
¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.
Me mostró la ciudad santa,
que descendía del cielo
Lectura del libro del Apocalipsis
21, 10-14. 22-23
El Ángel me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino.
Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero.
No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
El Espíritu Santo les recordará
lo que les he dicho
a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
14, 23-29
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
El que me ama
será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará;
iremos a él
y habitaremos en él.
El que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía,
sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas
mientras permanezco con ustedes.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo,
que el Padre enviará en mi Nombre,
les enseñará todo
y les recordará lo que les he dicho.
Les dejo la paz,
les doy mi paz,
pero no como la da el mundo.
¡No se inquieten ni teman!
Me han oído decir:
«Me voy y volveré a ustedes».
Si me amaran,
se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es más grande que Yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean.
Palabra del Señor.
Reflexión
CUANDO AMAMOS VIVIMOS EN COMUNIÓN CON DIOS
1. El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. Estas palabras de Jesús se han hecho realidad en muchas personas profundamente cristianas, a lo largo de los siglos. Todos hemos conocido a personas buenas, muy buenas, en las que hemos descubierto la imagen y la presencia de Dios. Fueron personas bondadosas y entregadas a los demás, capaces de sacrificarse y de gastarse y desgastarse por amor al prójimo. ¡Qué fácil era descubrir en ellas la bondad de Dios! Dios es amor y toda persona que ama de verdad está en Dios y vive en Dios, es Dios mismo quien vive en él. El amor verdadero no es una simple palabra humana, o un simple gesto humano; el amor verdadero es Dios. Cristo fue el amor de Dios encarnado en una persona humana y este mismo amor es el que Cristo quiere que sus discípulos le tengan a él. Toda persona que, mediante este amor, vive en comunión con Cristo, vive igualmente en comunión con el Padre. Ya sabemos que para san Juan, redactor de este evangelio de Jesús, el amor de Dios se manifiesta siempre en el amor al prójimo: el que dice que ama a Dios, pero no ama a su prójimo, es un mentiroso. Por tanto, si queremos vivir en comunión con Dios, si queremos que Dios habite en nosotros, amemos a Dios y manifestemos este amor en nuestro amor al prójimo. La habitación de Dios en el alma de las personas que aman de verdad es una de las promesas más consoladoras que Cristo hizo a sus discípulos. Pero también es una de las más difíciles de cumplir, por la debilidad y el egoísmo de nuestro corazón. Porque se trata de amar como Cristo nos amó, con un amor gratuito y sacrificado, que llega hasta la muerte de uno mismo para dar vida a los demás. Sólo con la gracia de Dios podremos amar de esta manera. Pidamos al Señor que nos conceda siempre esta gracia.
2. La paz os dejo, mi paz os doy. Cuando terminamos nuestras eucaristías saludamos y despedimos a los fieles diciéndoles “podéis ir en paz”. Durante la eucaristía, también es muy importante el momento en el que nos deseamos mutuamente la paz, “démonos mutuamente la paz”. Jesús saludaba a sus discípulos diciéndoles “la paz esté con vosotros” y es que la palabra paz, en el mundo hebreo, significaba el bien total de la persona: el bienestar físico, social y espiritual. Tener a Cristo, amar a Cristo, es tener paz. El bien de la paz es un bien maravilloso que Dios da a los que le aman. “Daría todos mis versos por un alma en paz”, decía el poeta bilbaíno Blas de Otero, al final de sus días. Los grandes santos sí fueron personas con una gran paz interior, en medio de sus muchas luchas y dificultades. “El que a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”, decía santa Teresa. El amor de Dios, la inhabitación de Dios en nosotros, debe darnos paz, la paz de Dios, la paz de Cristo. Cristo no nos da su paz como nos la da el mundo, porque la paz del mundo no está cimentada en el amor de Dios, sino en intereses creados por nosotros. Pidamos a Cristo que nos dé su paz, la paz que brota y se fundamenta en el amor de Dios.
3. Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Así nos dice el autor del Apocalipsis, refiriéndose a la ciudad santa, a la Jerusalén bajada del cielo. Es una ciudad que no necesita sol, ni luna, porque Dios la ilumina. Nuestras ciudades humanas sí necesitan lámparas y luces artificiales, porque no están iluminadas por la luz de Dios. Y es que la Jerusalén bajada del cielo tiene muy poco que ver con la Jerusalén que hemos construido los hombres para proteger nuestros egoísmos y nuestras rivalidades. Nuestras ciudades no son ciudades de paz, de la paz de Dios; son aglomeraciones de gentes que tratamos de proteger individualmente nuestros propios intereses. La ciudad de Dios debe estar iluminada por el amor de Dios. Construir esta ciudad nos parece, de momento, un sueño imposible. Pero también nos parece utópico y lejano el reino de Dios, pero hacia este reino debemos caminar, porque Cristo comenzó su predicación en esta tierra “predicando el reino de Dios”. Sólo si habita entre nosotros el amor de Dios, podremos construir en esta tierra la ciudad de Dios.
Gabriel González del Estal
http://www.beania.es
QUÉ VUESTRO CORAZÓN NO SE ACOBARDE
1. – Tubos por la nariz, entubado por la tráquea, respiración asistida, gota a gota con suero, las enfermeras constantemente pendientes, monitores del cerebro y del corazón. Todo eso, que tantas veces hemos visto en la UVI, medios externos para mantener la llama de una vida que se apaga internamente, con resultados ordinariamente muy precarios, las más de las veces, la prolongación inútil de unos días de vida, no es vida.
En la vida social, en la política y hasta en la religiosa hay fenómenos muy parecidos. Cuando falta el ideal, la ilusión, el espíritu interno, ninguna ayuda externa sirve de más, que de prolongar una agonía que necesariamente acaba en muerte.
2. – Jesús anuncia su partida de este mundo. No les deja un ideario escrito. No les da leyes. No establece un derecho penal contra los transgresores. Sus palabras vivirán dentro de ellos porque el espíritu de Jesús vendrá a ellos y les enseñará por dentro. El Espíritu les recordará y les hará comprender lo que Jesús quería de ellos y así cumplirán su palabra.
Y ya desde el principio como hemos oído en la Primera Lectura, la misma Ley de Moisés estuvo en peligro de convertirse en celda de barrotes de oro para encerrar al Espíritu. Y fue el Espíritu el que no consintió convertirse en prisionero. “Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no imponer más cargas”.
3. – Jesús nos ha dicho: “no tiemble vuestro corazón no se acobarde”. En cuanto sentimos temblar el edificio con el menor terremoto lo rodeamos de andamios y rodrigones para que no se nos caiga el edificio, pero impidiendo, al mismo tiempo, la entrada del Espíritu que es el único que va a mantener el edificio.
Cuando sentimos el envite del mundo y de las persecuciones, desconfiamos de que el Espíritu pueda mantener firmes a nuestros cristianos y nos encerramos con ellos en la sacristía, donde el olor de cera rancia e incienso impide la entrada del Espíritu.
Ante el rápido progreso de las ciencias con su evidente peligro de distorsiones, lo único que se nos ocurre es acudir a las leyes negativas. Y, empapelamos el Espíritu que es un sí, dado a la vida y al desarrollo, en una legislación del no que trata de ahogar al Espíritu.
4.- Cuántas antinomias hemos creado: materia y espíritu; Iglesia y mundo; obediencia y conciencia; humano y sobrenatural. Cuando todo podría armonizarse bajo la dirección del Espíritu Santo que es fuente de todo.
Cuando nos falta el espíritu tendemos a fortalecer la estructura, los organismos, el andamiaje, nos entubamos, queremos mantenernos con transfusiones de sangre y sueros. Pero lo que conservamos es el cerebro plano y una respiración artificial.
5. – El Señor se llama a sí mismo Vida y nos ha dejado dicho que ha venido a darnos vida y vida abundante. Y ese es su Espíritu que nos habla por dentro.
– ¿Sentimos esa vida en nosotros o nuestra vida cristiana es una fatigosa carrera de obstáculos sobre los “noes” de los mandamientos?
– ¿Somos cumplidores, por cumplido, de las normas eclesiales o venimos a revitalizar esa vida que Dios nos ha dado?
– ¿Seguimos con honesta paz el dictado de nuestra conciencia y corazón o necesitamos de seguridades cuasi mágicas que nos haga parecer que andamos por buen camino?
En resumen, hermanos, ¿nos mueve el Espíritu de Dios o nos mueve la costumbre? ¿Nos movemos con Dios o nos empujan? ¿Vivimos por nosotros mismos o estamos en la UVI?
José María Maruri, SJ
http://www.betania.es
COMO CON JESÚS, CON NADIE
El Señor nos acompaña. Y, en medio de nosotros, cuando era consciente de su muerte y, ahora en vísperas de su Ascensión, nos dice que guardemos su Palabra. Que, en ella –todo un patrimonio espiritual, personal y divino de Jesús– encontraremos fuerza para seguir adelante, respuestas ante muchos interrogantes. Amar al Señor y, guardar sus pensamientos, su esquema para nuestro mundo y para nosotros, es todo uno.
1.- Las estadísticas dicen que, una generación de jóvenes en Europa, está perdida. Algo grave está ocurriendo en nuestro mundo cuando se nos prepara para la felicidad y, a la vuelta de la esquina, nos encontramos en la soledad o con una ansiedad insoportable. Algo está aconteciendo en nuestra sociedad cuando, detrás de muchas palabras y de otros tantos escaparates, se nos invita a amarnos a nosotros mismos y, luego necesitamos del amor auténtico, de una ayuda para levantarnos, de un aliento o de una sonrisa…resulta que nos encontramos solos. Falla, en el fondo y en la forma, aquello que es o no es digno de ser amado.
2.- Dios, que disfruta amando, goza con nuestro amor. Y Jesús, el amor hecho carne en medio de nosotros, nos da una pista para ser felices. Para no sentirnos defraudados, inquietos o desilusionados de nuestra existencia: hay que esperar en Dios, hay que amar a Dios y no hay que perder de vista lo que Él nos enseñó. ¿Amas a Dios? ¿Cómo tratas su Palabra? ¿Condiciona, alumbra, ilumina, interpela en algo tu existencia?
Hemos perdido, en varios aspectos, el norte y –Jesús– nos recuerda que, sus Palabras, siempre serán causa de serenidad y de encuentro con nosotros mismos, con los demás y con el mismo Dios. ¿Por qué nos cuesta tanto guardar, proteger, acoger y enseñar su Palabra? Tal vez porque, entre otras cosas, es exigente, nítida, a veces duele y otras calma. Su Palabra, de vez en cuando, deja a la intemperie nuestras vergüenzas y otras nos dice que somos dichosos, bienaventurados y elegidos. Pero, no lo olvidemos, su Palabra es eterna.
3.- Estamos en horas muy decisivas para la Iglesia y para el anuncio del evangelio. Nunca como hoy se necesitan corazones vigorosos (no cobardes), labios dispuestos a dar testimonio de Jesús (no amordazados por la sordina del todo da igual), personas dispuestas a brindarse generosamente a los demás como sello e identidad de que son amigos de Jesús y de que pertenecemos a una comunidad de hermanos. Y, por encima de todo, la promesa de Jesús: Él nos acompañará, nos consolará con el Espíritu y nos guiará, como miembros de su Iglesia, hacia la meta final. Que Dios nos siga animando e inundando con la alegría de esta Pascua. Porque, estar y permanecer al lado de Jesús, es garantía segura. Con Él, todo.
Javier Leoz
http://www.betania.es
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